La desaparición del Peary


Por F. J. RIVERO

 

            Pues sí, todo llega a su fin. Pero acabar con 24 años de historia no es fácil de hacer y mucho menos fácil de contar. Porque, además, si se busca una causa determinada puede que ésta no exista, y seguramente, cada uno de los que participamos en el proceso que dio fin al Grupo Peary puede que tengamos una visión diferente de los motivos que nos impulsaron a tomar aquella decisión.

            Ésta es la mía.

            Desde la creación del Peary, allá por el 76, no todo fue, ni mucho menos, un camino de rosas. El grupo avanzaba firme por la senda del escultimos y todo eso, pero también hubo tiras y aflojas, como no podía ser de otra manera. Pero a pesar de eso, el ambiente que nos rodeaba era más propenso a que el grupo continuara que a que no lo hiciera. En el pueblo, por aquellos tiempos, sólo existía esa asociación juvenil y la oferta de ocio municipal era escasa, si no inexistente. Por tanto, si querías realizar algo de ocio educativo, por decirlo de alguna manera, la única alternativa viable era pertenecer al grupo. Así, no es de extrañar que hubiera Rondas Solares con más de 250 asociados (y Cartaya hace 30 años no tenía los habitantes que tiene ahora, en el 2008), ni tampoco que hubiera que crear varias manadas y varias tropas para dar cabida a la enorme cantidad de niños y niñas que se apuntaban al grupo, porque, al fin y al cabo, y eso no debemos olvidarlo, el movimiento Scout es un movimiento juvenil, es decir, dirigido casi exclusivamente a los niños, aunque con un papel importante y fundamental otorgado a los mayores que dirigen a esos niños.

            Sin embargo, a finales de los 80 todo este panorama escaso en cuanto a ofertas de ocio en el pueblo, cambio radicalmente. Las ofertas de ocio privado, por decirlo de alguna manera, siguieron siendo inexistentes, pero empezaron a nacer las Academias Municipales y llegó un momento en que los jóvenes tuvieron que elegir qué hacer con su tiempo libre. Con esto, llegaron los primeros vaivenes en cuanto a la gente que pertenecía al grupo, bajó considerablemente el número de asociados hasta quedarse en unos 100 y, además, el tiempo (y sobre todo las ganas) que los asociados dedicaban a las actividades scouts también disminuyó. Si tengo que ir a la Academia tal, o ensayar esto, o hacer lo otro, no puedo ir a la reunión de los viernes. Llegó un momento, incluso, en que muchos jefes del grupo llegaron a la conclusión de que muchos niños (y padres) lo único que buscaban era tener un lugar donde pasar el verano durante el campamento. Todo esto llegó a plantear en el grupo, a mediados de los 90, que era el momento de cerrarlo. Sin embargo, aunque en aquella votación la decisión de continuar con el grupo venció por amplia mayoría, se planteó un interrogante interesante y terrible para muchos de los que llevaban tiempo en el Grupo, ¿podría existir vida sin el Peary? Para muchos de los que éramos scouts en ese momento, y sobre todo para los responsables del grupo, la vida juvenil, nuestro tiempo libre, nuestras ilusiones también en muchos casos, de alguna manera, siempre habían girado alrededor del grupo Peary.

            Quizás en ese momento no lo supiéramos, pero creo que ese fue el verdadero final del Peary. Porque a partir de ese momento, quizás de forma más o menos imperceptible, la agonía del grupo, para los que los dirigíamos, fue algo más que una idea que pudiera plantearse. Se hablaba en reuniones y campamentos muchas veces de la desmotivación y el agotamiento de los scouters y se hablaba muchas veces de eso porque era algo real.

            Por otro lado, además de la desmotivación, si se leen las actas de los Consejos de Grupo no es difícil detectar algo curioso, durante casi 5 años, los jefes siempre fuimos los mismos. Cambiábamos de Rama o hacíamos malabarismos para llevar incluso varias ramas a la vez, pero al final, siempre éramos los mismos los que soportábamos la carga del Peary. Y todo esto último se complicó por la falta del necesario relevo generacional. Prácticamente, salvo excepciones, ninguna de las personas jóvenes que deberían haber inyectado optimismo y energía en el grupo, consiguió hacerlo. Y los niños, que también deberían haber insistido en su permanencia el grupo, optaron por buscar otras alternativas de ocio que quizás no les supusieran tanto tiempo de los estudios o el descanso.

            No quiere decirse que todo esto se derivara en una época pobre en actividades para el grupo, quizás todo lo contrario, y la prueba de ello fue el éxito que la participación de nuestro grupo obtuvo en la preparación y realización del festival de la canción scout de Andalucía en Huelva o la asistencia a actividades determinadas o los juegos de ciudad organizados por el pueblo, o esto, o lo otro. Pero lo cotidiano, las reuniones, las excursiones, el día a día de la Asociación en definitiva, habían dejado de atraer tanto a niños como a mayores.

            Todo esto culminó en el verano del 1999, donde apenas 40 personas asistieron a un campamento de verano en Aroche, en la finca Puerto Peñas, un campamento que se organizó por pocas personas y casi en el último momento para evitar que sucediera lo que inevitablemente sucedió al año siguiente en el que el campamento de verano ya no se realizó. Y entonces, con claridad, todos supimos que había llegado el momento de acabar.

            Así que, en la última reunión que celebramos, el P.E.C. (Proyecto Educativo Comunitario, para aquellos que no recuerden ya el significado de las siglas) de la Ronda Solar 2000/2001, celebrado en la Casa del Gato, el 2 de Septiembre del 2000, la suerte estaba echada. Cuando se planteó el asunto que todos sabíamos que se plantearía, y que no era otro que el fin del Peary, desde el primer momento, creo que todos tuvimos claro cual sería la decisión que había que tomar. En mi opinión, el grupo habría aguantado el tipo quizás unos 3 ó 4 años más, pero el 2000, aquel justo momento, era el adecuado para acabar con el Grupo de una manera que el tiempo se ha dignado en confirmarnos que fue la acertada, con dignidad.